viernes, 1 de junio de 2012

"El sinsentido en su máxima expresión"

Título: The Tree of Life (El Árbol de la Vida)
Año: 2011
Género: Drama
Director: Terrence Malick
Guión: Terrence Malick
Duración: 139min
Reparto: Brad Pitt, Jessica Chastain, Hunter McCracken, Sean Penn
Produc.: Brave Cove Productions, Cottonwood Pictures, Plan B Entertainment, River Road Entertainment
Presup.: $32 millones aprox.

En El Árbol de la Vida conocemos a los O’Brien, una familia de los años 50, en donde la Sra. O’Brien (Jessica Chastain) es la madre afectuosa y el Sr. O’Brien (Brad Pit), un duro padre que cría a sus hijos de una manera muy estricta y discutible. Jack (Hunter McCracken), uno de esos hijos, que tras pasar por esa infancia, una vez adulto (interpretado por Sean Penn) ya no podrá olvidarse de esos momentos tan lejanos, que cambiaron su vida para siempre.
Luego de seis años de ausencia tras las cámaras, Terrence Malick ha vuelto a ocupar la silla del director. Esta vez para dedicarse a una película, cuyo argumento resulta más sencillo que su ejecución.
Hay quienes aseguran haberla entendido perfectamente y haber quedado cautivados por su despliegue, sobre todo, en lo visual. Otros, por el contrario, dicen no haber entendido nada, y esto es, en parte, comprensible.
Lo que en ella se subraya, es la clara necesidad de mirarla, con los sentidos bien agudos. Es que, es casi seguro que si uno estuviera pensando en otra cosa, terminaría dejando escapar algunos elementos indispensables de su hilo conductor.
Algo que me llamó la atención, incluso, antes de haberla visto, fue el toparme en Internet, con críticas que iban desde aquellos que la habían amado, hasta aquellos que la habían odiado. Este curioso hecho me hizo ponerme más analítico. Teniendo en cuenta que El Árbol de la Vida no es fácil de digerir y que el propio Malick se ha encargado de complicarnos la existencia, diría que, no es raro, que muchos se sintieran confundidos y contrariados (y hasta, un poquito calientes con este hombre) y se preguntaran qué demonios pretendió con este singular cóctel de imágenes.
Varios cientos de personas que pasaron por un antes y un después de esta experiencia, decidieron, sin siquiera notarlo, unirse a dos distintas corrientes de opiniones, bastante extremistas, cada una de las cuales era completamente opuesta a la otra. Por un lado estarían los adoradores de Malick, a quienes el veterano director había sabido transmitir sensaciones muy fuertes y tocarlos muy por dentro y, que por consiguiente, veían en la película la excelencia de un cineasta, cuya sensibilidad era extraordinaria.
Por el otro lado estarían los que, sintiéndose insultados, serían capaces de arrojarla al wáter y tirar de la cisterna. El Árbol de la Vida ni siquiera calificaría como producto consumible, a ojos de sus miembros, sino como el indiferente montaje, sin sentido, de varias secuencias, tomadas y entremezcladas por un hombre sin demasiada claridad de ideas.
Al final, me quedaron algunas interrogantes. Por ejemplo, si quienes decían haber captada el mensaje sin dificultad, lo habían, realmente, conseguido. O, si acaso, no habría jugado un rol fundamental el nivel de entendimiento de uno. Es decir, si quizás para sintonizar con Malick en su tan complicada odisea, no habría sido imprescindible ser, o muy inteligente, o poseer un alto nivel de “cultura cinéfila” incorporada.
Todas estas, supondría válidas variantes. Aunque creo que muchos de quienes tuvieran el descaro de decir que captaron todo en ella en seguida, no han sido sinceros, ni consigo mismos. Existen personas, que cuanto más complicada e inteligible es una película, más les fascina, quién sabe porqué, y que son capaces de buscarle la quinta pata al gato, en donde a veces, en realidad, no hay nada. A estos bichos raros, que disfrutan haciéndose los iluminados, consumidores del “buen cine”, uno podría oírlos mencionar bajo el calificativo de snobs, aunque este sea incorrecto.
Otro factor a considerar, responde a la facilidad que tienen algunas personas al momento de elogiar a ciertas películas por sobre otras. Supongamos que Malick la hubiera abordado de una manera distinta, con la narrativa tradicional, con un principio, un desarrollo y un final, todos bien definidos. La pregunta que me surge es, si esos intelectuales, amantes de lo raro, se atreverían, ante dicha propuesta, a destacarla con el mismo entusiasmo. O quizás, el tener entre manos una cinta de contenido demasiado lineal, les llevase a poner en tela de juicio su aparente calidad narrativa.
Con ya unas cuantas películas en mi haber, algunas, más sencillas, y otras, no tanto, algunas más lineales, y otras, menos, creo haberme entrenado, relativamente bien, a la hora de saber juzgar cuándo una ha sobresalido por su buen uso de las expresión cinematográfica, y no creo que abordar una idea de un modo sencillo, lineal, que se entienda y sin demasiadas complicaciones, pueda muchas veces, significar otra cosa que, que se ha dado con el o los realizadores correctos. Porque “simpleza” no debe confundirse con “pobreza”. Erróneo sería pensar que, por contarnos un relato a través del más directo de los lenguajes, se estuviera pecando por falta del “sello artístico”. Dicho lenguaje, traducido en un esfuerzo por hacernos razonar y no querernos dar la información servida en un plato, para que nos estrujáramos el cerebro.
Cualquier buen realizador debería ser capaz de llegarle al público masivo sin caer en la sencillez ridícula y ofensiva. Luego, que un director quisiese filmar algo sólo para él, de tres horas y pico, en cine mudo, y contada, por ejemplo, en un único plano fijo y frontal, también sería admisible, ¿por qué no? Pero, eso sí. Mejor olvidarse de exponerla a un público amplio, porque los caprichos personales de un cineasta, son sólo asunto suyo y de nadie más. De lo contrario, que se despierte y deje de lado sus absurdas fantasías, deje de lado las pavadas y produzca algo por lo cual nadie vaya a querer ahorcarlo.
Creo que un director, más o menos lúcido, sería aquel que, más allá de sus intereses artísticos y/o financieros, se preocupase por atraer, y no, repeler, a su audiencia. No veo que haya nada más agradable y reconfortante, que saber que cuando expongas tu trabajo, las salas de los cines van a ser bastante o muy concurridos, y que de esta forma, fueras a poder transmitir a tus espectadores una determinada percepción tuya propia de algo que te importa. Partiendo de esta base, si luego estos empezaran a dormirse o a levantarse de las butacas, me sonaría a excusa barata, argumentar que haya sido a causa de un planteo excesivamente complicado y que no estaba al alcance de la mayoría. Porque, de ocurrir lo primero, no habría fallado el público, sino, el realizador.
Si cineastas como Clint Eastwood o Martin Scorsese han sabido contar sus historias sin enredarnos, y de igual manera se los califica de genios, ¿qué sentido tendría, presentar a una familia con planos en donde casi nunca se hablase, en donde importara, más que nada, lo expresivos o inexpresivos que fueran sus rostros, y en donde se escucharan, repetidas veces, las voces en off de algunos de estos personajes, a modo de pensamientos? Encima, luego de la introducción, el director nos sale con la ocurrencia de montar un sinnúmero de imágenes dignas del Discovery Channel, para que veamos desde el Big Bang, a los primeros días de la Tierra, la aparición de los dinosaurios y, nuevamente, el uso de la voz en off, tirándonos frases sueltas. El problema surge cuando uno se percata de que, todo eso a lo que Malick ha dedicado cerca de media hora, podría habérselo salteado, o reducido a cinco minutos para no aburrirnos. Es posible que Malick quisiera llegarnos por intermedio de los sentidos, buscando algo distinto, a eso a lo que estábamos acostumbrados. Igual de cierto es que el cine siempre ha existido para abordarse de muchas maneras, siendo muy bien visto innovar. Sin embargo, Malick acá lo ha sido todo, menos realista, dirigiendo una película sólo para los fanáticos de las rarezas. Siempre lo ha sido y seguirá siendo admitido, que cada quien dirija sus proyectos como se le dé la gana, en tanto cuente con los medios. El tema es que Malick se pasó de la raya. De la misma manera en que nos ha hecho ver planos del universo, de planetas, de volcanes, y hasta planos submarinos, perfectamente hubiera agregado dos eternos minutos de un paneo en una playa desierta y ya habría salido alguno que se pusiera a explicarnos su significado, como todo un filósofo griego.
Por último, veo importante señalar que, si partiéramos de la idea de que en el cine todo se vale, entonces, hoy tenemos a Malick con esta (lo digo otra vez) “rareza”. Pero, imaginémonos que mañana se empezasen a distribuir tres o cuatro películas parecidas a esta. ¿Qué haríamos los espectadores, en dicho caso? ¿Cuál sería el punto de referencia para definir entre una película buena y otra mala, entre una entretenida y otra aburrida? si luego estamos diciendo que todo esto es parte del mismo objetivo por comunicarnos algo, sólo que, variando las estructuras. Porque, si viéramos otra como esta, dijéramos que no nos gustó, y a lo que luego aparecieran al contraataque los ofendidos que opinaran que tendríamos que abrirnos más a nuevas cosas, en lugar de criticarla, ¿en dónde quedaría postulado nuestro “cine lineal y con sentido”? Si viniera otro a refutar nuestros comentarios negativos, argumentando: “¿Porqué decís qué es lenta? Capaz que eso es lo que quiso el director. ¿Porqué decís tal cosa? Capaz que lo que Malick quiso, fue tal otra”.
De modo que no importa, qué tipo de defectos le viéramos a una película extremadamente rara y complicada, o rara y aburrida, para todo tendríamos a alguno haciéndose el abogado defensor. Para toda negativa que la tirara abajo, habría una respuesta, para subirla de nuevo al podio. Lo mismo que decir que, ya no importa seguir con ningún tipo de criterio. Todo se vale.

Mi puntaje: 1/10


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miércoles, 9 de mayo de 2012

"Las armas las carga el diablo y las descarga el estúpido""

Título: 96 Minutes (96 Minutos)
Año: 2011
Género: Drama, Thriller
Director: Aimee Lagos
Guión: Aimee Lagos
Duración: 93min
Reparto: Brittany Snow, Christian Serratos, Evan Ross, Jonathan Michael Trautmann, David Oyelowo
Produc.: First Point Entertainment, Katonah Pictures, Perfect Weekend
  
Inspirada en hechos reales, 96 Minutos es una muy bien lograda película, que se preocupa, más que nada, de mostrarnos la sociedad que hemos llegado a construir. Recreando los hechos que llevarían a cuatro personas, pertenecientes a dos mundos muy distintos, a pasar una situación estresante que los cambiaría para siempre, la directora Aimee Lagos se toma el trabajo de llamarnos la atención, para que recordemos que todos somos, aunque no nos guste, parte de una sociedad que se está yendo cada vez, más a pique.
Uno puede que nazca en un lugar de privilegio, en una familia con altas o medianas posibilidades financieras y con un nivel cultural enriquecido. Esto probablemente implique que se saldrá más favorecido al momento de tomar ciertas decisiones que vayan por buen rumbo. O en el caso de que no lo fuesen, es de suponer que se estará siempre a tiempo de volver sobre los pasos y probar por otro camino. Se trata de la suerte de quienes hayan nacido en “cuna de oro”, pero que son un grupo reducido. Para estos privilegiados, encontrarse con alguien del sector más marginado podría acabar con sus alegrías.
Carley y Lena (Brittany Snow y Christian Serratos) son dos inteligentes, chicas universitarias. En el caso de Carley se lo deja bien en claro, cuando se la ve en plena acción con su grupo de debate, en donde, enfrentados a sus contrincantes, intercambian, con posiciones firmes, sus distintos puntos de vista sobre el trato que debería concederse a los criminales. Luego, en el caso de Lena, se la muestra en otro tipo de circunstancias, sufriendo por un novio infiel.
Del lado contrario tenemos a Dre (Evan Ross) y a Kevin (Jonathan Michael Trautmann), dos chicos nacidos bajo condiciones complicadas y a quienes cuesta, terriblemente, distinguir la fina línea que separa a la buena conducta de la mala.
A Dre lo conocemos como un chico que asiste a clases, es decir, que se esfuerza por hacerse un futuro. Hoy, precisamente, cuando va a recibir una importante y alentadora alta calificación, algo de lo que sentirse orgulloso. Tras la buena noticia Dre se encuentra con su novia, a quien pone al día, pero cuando ella le habla sobre verse más tarde, Dre le dice que no puede porque ha quedado con sus amigos. Kisha (Jamila Thompson) intenta disuadirlo de juntarse con esa gente, a lo que Dre, aparentemente seguro de sus argumentos, insiste en saber, exactamente, lo que él hace.
Pese a su actitud desacertada, Andre tampoco termina siendo del todo, la persona de quien deberíamos preocuparnos. Kevin, sin embargo, es acá la bomba de tiempo.
Kevin es de los personajes, el que las tiene más feas. Con un trasfondo que deja mucho que desear, el pobre no tiene idea de lo que hace, ni de en qué se está metiendo. Su diaria consiste en manejarse impulsivamente, creyendo que puede hacer lo que se le de la gana. Con todo, acaba dejándose manipular por la peor de las influencias, una pandilla de tipos con muy mala pinta, individuos carentes del sentido del comportamiento civilizado.
El hecho de que antes describiera a Kevin con el adjetivo de “pobre”, puede que para muchos suene equivocado, y más, si se tiene en cuenta, las atrocidades que está por cometer. Lo que ocurre es que, si uno se detuviera a pensarlo, quizás entendiera que este chico no es lo que vemos, porque así lo haya querido siempre. Con el tipo de existencia que lleva con, por ejemplo, una madre que es golpeada, estamos hablando de un muchacho cuyos modelos a seguir no son los más provechosos. Decir además, que Kevin tiene como objetivo ser aceptado por la pandilla, tener acceso total a las armas y disparar a muerte a quien él quiera, es lo mismo que apuntar a que Kevin está perdido, no tiene idea de en qué se mete, ni tampoco, de  lo que es cometer un crimen. Kevin está enojado, quién sabe si con alguien e particular, o si con todos, por el entorno tan jorobado al que le ha tocado llamar “hogar”.
Se hace de noche y Carley y Lena van a divertirse a un boliche. Allí, Lena ve de lejos a su novio y eso la angustia. Lena ahora quiere marcharse, cuando la fiesta recién está empezando, pero por suerte, la muy dulce de Carley se ofrece a llevarla  de vuelta.
Desafortunadamente, a veces sin que nos demos cuenta, estamos tomando una decisión en el momento menos indicado. Carley y Lena salen rumbo a su vehículo, justo cuando otros dos chicos están por la vuelta (Dre y Kevin), uno de los cuales se halla en su peor momento (Kevin) de la jornada. Entonces, los destinos de estas cuatro personas, de dos realidades opuestas, se cruzan y viene el desastre.
Carley y Lena son, en su propio auto, prisioneras de un desconocido, y Lena ha sido herida gravemente. Dre, que es quien está al volante y quien ya podría ser procesado por asalto y secuestro, empieza a manejar sin un rumbo fijo, aunque su objetivo es llegar a un hospital. Su compañero de asiento, consciente de lo que pasa, pero aterrado y enojado, sabe que irá a la cárcel y prefiere su libertad a que la chica sobreviva. Por consiguiente, ningún centro de asistencia médica es una opción.
Dre intenta pensar. El estúpido de Kevin, que no para de hablar, no se lo permite, y para colmo enciende la radio, para distraerse con su maldita música. Nada bueno puede salir de todo eso.
96 minutos es de esas películas en las que todo va de mal en peor, pero que tiene una gran enseñanza, que nos dice que seamos conscientes de quiénes somos, de con quiénes coexistimos y de que a veces "sí tenemos" opciones, y usarlas sólo depende de nosotros.
Gracias a un muy buen trabajo de cámara en mano y a un reparto bien elegido, ha sido que Aimee Lagos se las ingeniara para mostrarnos, lo más de cerca posible y de la manera, también, más realista, cómo es que transcurre un conflicto que parece un infierno.

Mi puntaje: 8/10


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jueves, 3 de mayo de 2012

"Un gran poder, significa una gran responsabilidad"

Título: Chronicle (Poder sin Límites)
Año: 2012
Género: Drama, C. Ficción, Thriller
Director: Josh Trank
Guión: Max Landis (escrito por), Max Landis y Josh Trank (historia)
Duración: 84min
Reparto: Dane DeHaan, Alex Russell, Michael B. Jordan, Michael Kelly, Ashley Hinshaw
Produc.: Davis Entertainment, Adam Schroeder Productions, Film Afrika Worldwide
Presup.: $12 millones aprox.

En Poder sin Límites, tres amigos se ven expuestos a una extraña sustancia que encuentran en un bosque. A partir de ese momento empezarán a experimentar el poder de la telequinesis.
Andrew Detmer (Dane DeHann) y Matt Garetty (Alex Russell) son primos. Sin embargo, la relación de íntima amistad que mantenían en su infancia, ya no existe. Andrew, por su parte, es un joven tímido, nada popular y quien consigue sentirse cómodo en una fiesta al llevar consigo una cámara de video, la cual, también, le trae problemas. Andrew termina saliendo de la fiesta, golpeado y sentándose a la intemperie.
Pronto, otro muchacho, su nombre Steve Montgomery (Michael B. Jordan), se acerca a Andrew por un favor. Él y Matt han descubierto algo y quieren que Andrew lo registre. Andrew sigue a Steve hasta el lugar de los hechos, el cual podría describirse como un curioso agujero en la tierra. Dentro de este, hallan algo inexplicable, una sustancia nunca antes vista, que hace ruidos muy agudos y emite colores, y que los dota de un poder que es, quizás, demasiado grande como para que puedan controlarlo. Luego, ambos primos experimentan juntos, acortando nuevamente las distancias.
Poder sin Límites es una de las primeras novedades del 2012, en la línea de El Proyecto Blair Witch (1999), Trollhunter (2010), Actividad Paranormal (2007) o Fenómeno Siniestro (2011), en un momento en el que el subgénero de películas de tipo “falso documental” o “material encontrado” se ha convertido en la nueva moda.
Acá tenemos, obviamente, al típico chico que carga con su cámara para todos lados y sin importar lo que ocurra, lo cual sirve de excusa para que podamos apreciar, casi que, de primera mano, todo lo que pasa. La mayor de las diferencias que presenta respecto a productos similares es que, mientras en Fenómeno Siniestro o El Proyecto Blair Witch estábamos expectantes a la aparición de fantasmas, monstruos o demonios, el centro de interés en este caso son los propios protagonistas, de quienes estamos siempre esperando que muevan o rompan alguna cosa, o hagan algo que nos sorprenda. Cada escena es otra ocasión para ir descubriendo que tan lejos pueden llegar, desde divertirse haciendo travesuras inofensivas, hasta cometer errores casi fatales. Esto último, que conduce a Matt a ver necesario establecer ciertas normas.
Es muy posible que algunos le vean cierto parecido con Carrie (1976) de Brian De Palma. Sobre esto, sólo puedo decir que Poder sin Límites dista mucho de ser una copia del clásico de los 70s, ya sea por su punto de partido, que es otro completamente distinto, o por el enfoque dado a sus personajes, de la mano del tipo de puesta en escena.
De tanto en tanto, las distintas circunstancias paranormales son puestas a un lado para que se aborde la complicada situación familiar de Matt. El chico vive bajo el mismo techo que su madre enferma, quien está siempre en cama, y que su discapacitado padre ex bombero, un hombre aterrado por la enfermedad de su esposa y que sólo sabe expresarse mediante la reprimenda.
La película nos va llevando a través de ese universo repleto de posibilidades, que implica el poder manipular los objetos, casi sin importar, la cantidad o los tamaños y sin tener que mover un solo dedo. Desde jugar con las piezas de un Lego, hasta arrastrar un auto, o incluso volar a lo Peter Pan, por entre las nubes. Empero, algo que estos muchachos nunca deberían de haber olvidado es de la enorme responsabilidad que significa contar con algo tan descomunal. Porque Matt es un tipo inteligente y lúcido, lo mismo podemos decir de Steve, pero no, de Andrew.
Andrew no es un mal muchacho ni tiene malos sentimientos, pero ni el mayor de los poderes ha podido evadirlo del peso de una madre que agoniza, o de un padre que sólo sabe gritarle o cuestionar lo que él hace y con quién anda.
Afortunadamente, en Poder sin Límites han sido capaces de ofrecernos un concepto que fuera más allá del volar y mover cosas. Se aborda la problemática de un muchacho que, incapaz de detenerse a razonar, se  ve obligado a ir al extremo, para desconfiar de todos, verlos como enemigos y sentir que deben ser castigados. Andrew acaba convirtiéndose en una suerte de Carrie, en versión masculina, sólo que sus posibilidades de acción y destrucción, son mucho mayores y más catastróficas.
Con las andanzas de estos muchachos se nos va revelando cómo cada uno disfruta de su capacidad sobre humana, para que luego veamos, sobre el cierre, el verdadero despliegue de efectos visuales. Ahí es donde la acción inunda la pantalla, con extras, vehículos y vidrios volando por todas partes, por culpa de un chico perturbado. Todo lo que vemos constituye la sumatoria de un trabajo de pirotecnia, amplio uso del croma (pantalla verde) y una gran variedad de añadidos digitales. En este mismo cierre es donde la película pierde parte importante de su dimensión dramática, para que todo se convierta en algo meramente entretenido, similar al combate entre súper héroes y villanos. Fuera de eso, esta nueva sucesora del El Proyecto Blair Witch vale, ciertamente, la pena, y no es, una mas del montón.

Mi puntaje: 7/10 
 

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sábado, 28 de abril de 2012

"Scorsese en la cuna del cine"

Título: Hugo (La Invención de Hugo)
Año: 2011
Género: Aventura, Drama, Familia
Director: Martin Scorsese
Guión: John Logan (escrito por), Brian Selznick (libro)
Duración: 126min
Reparto: Asa Butterfield, Chloë Grace Moretz, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Ray Winston
Produc.: Paramount Pictures, GK Films, Infinitum Nihil
Presup.: $170 millones aprox.

En La Invención de Hugo se nos ubica en el París de los años 30, en donde Hugo Cabret (Asa Butterfield) es un niño huérfano que vive escondido en una estación de trenes y cuya especialidad es reparar artefactos. Hugo lleva una existencia solitaria, con un tutor ausente, su alcohólico tío Claud (Ray Winston), un bueno para nada, incapaz de cuidarlo o de arreglar los relojes de la terminal, labor del que se ocupa su sobrino.
Entre sus pertenencias Hugo cuenta con un autómata, una máquina que imita la figura y movimientos de un ser animado y que constituye el mayor legado dejado por su padre. Él sabe que este artilugio ha sido diseñado para expresar algo en papel, ya sea una frase, un dibujo o algún tipo de mensaje. Sin embargo, su autómata no está completo y Hugo debe de hallar ciertos elementos para facilitar el funcionamiento de su mecanismo. Así, un día en que Hugo se encuentra activo en sus cosas, se topa con Georges Méliès (Ben Kingsley), un vendedor de juguetes de la estación, que no le tiene ninguna simpatía, además de llamarlo ladrón. Furioso, Méliès le arrebata otra de sus más preciadas posesiones: un libro, para el niño, de crucial importancia y sin el cual va a sentirse perdido. Para colmo, su presencia misma en la estación no es nada bien vista, en donde, a ojos del inspector, él no es más que un fugitivo. Lo que significa que Hugo ha de acercarse al negocio de Méliès para recuperar lo que es suyo pero, sin ser, en el acto, detenido. Poco más tarde Hugo conocerá a Isabelle, niña ahijada de Méliès, a quien pedirá que le ayude a recuperar su libro y con quien descubrirán un secreto maravilloso. 
Tras muchos años hablándonos de tipos duros (Buenos Muchachos 1990, Casino 1995, Pandillas de Nueva York 2002 o Los Infiltrados 2006), Martin Scorsese ha decidido pasarse hacia un relato que, por fin, niños y adultos puedan disfrutar a la par, y en donde no se escuche ni una sola injuria a lo largo de toda la película. Scorsese deja el mundo de la corrupción y la violencia para tratar de brindarle su sello personal al libro de Brian Selznick, concediéndose la posibilidad de hacer homenaje a uno de los momentos claves del surgimiento de ese mundo del espectáculo que le abrió a él sus puertas. 
Brian Selznick había abordado antes esa historia, mostrando en imágenes las circunstancias que rodearan a Georges Méliès, ilusionista y, posteriormente, cineasta. Méliès era un hombre que en una feria, tras conocer a los hermanos Lumiere y a su intrigante proyector cinematográfico, había quedado fascinado y, querido, luego, comprárselos. Pero los hermanos se habían rehusado a venderlo y al final Méliès había diseñado su propia versión del mismo aparato. 
En el libro, Selznick inventaba, por otra parte, a Hugo, un niño hábil con las manos y quien nos vincularía a nosotros con el señor Méliès. 
Respecto a la película, Scorsese nos muestra quién es Hugo y qué es lo que él busca, valiéndose de flashbacks que lo expliquen mejor. El niño vive enteramente por las suyas y en una realidad que le es ajena al resto. Ahora, cuando Hugo ve cómo la injusticia o la mala suerte lo vuelven a acompañar, se hace muy difícil sentir su sufrimiento desde afuera, ya que en todo momento se le ve con, exactamente, la misma expresión en el rostro, lo cual habla de un trabajo no muy bueno en la dirección de actores. Si uno pusiese la película, mirase a Hugo detenidamente en tres o cuatro escenas y luego acelerase la cinta unos cuarenta minutos, se sorprendería por encontrarse con los mismos gestos exactos, ineficaces al momento de transmitir lo que el niño siente o piensa. Tratándose, entonces, de una película cuya temática es en efecto, interesante, fácil de entender, muy bien fotografiada y excelentemente recreada, en términos de reconstrucción histórica, el perfecto toque final hubiera sido una actuación más convincente y quebradora de corazones, que ciertamente no vemos nunca. 
Por otro lado, debe destacarse la calidad de Scorsese al hacerle un breve repaso a la propia historia del cine, cuyo origen estuviera, precisamente, en Francia. Sirviéndose de Georges Méliès, como motor desencadenante, el director nos da un pantallazo sobre el cine primitivo y en donde nos señala cómo fue que empezó todo y cómo surgieron los efectos especiales, a partir de los primeros cientos de metros de celuloide. 
Creo que lo peor que podría suceder a estas alturas, sería que el espectador fuera ajeno a dichas circunstancias. Quienes conozcan los detalles históricos más elementales sobre los inicios de este arte, quizás se vean emocionados y hasta erizados, frente a este segmento. Quienes, en cambio, no conozcan nada, seguramente crean que se trata de un muy entretenido cuentito, pero inventado. A los de este segundo grupo les recomiendo La Verdadera Historia del Cine (1995) de Peter Jackson.

Mi puntaje: 7/10


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miércoles, 25 de abril de 2012

"Atrapado, por un secreto"

Título: Brake  
Año: 2012
Género: Crimen, Thriller
Director: Gabe Torres
Guión: Timmothy Mannion
Duración: 92min 
Reparto: Stephen Dorff, Chyler Leigh, JR Bourne, Tom Berenger
Produc.: Walking West Entertainment, La Costa Productions

En Brake, Jeremy Reins (Stephen Dorff) despierta, de pronto, para darse cuenta de que se haya atrapado en una extraña caja de cristal, iluminado por una luz roja y, que, sin importar hacia donde mire, todo es completamente oscuro y desconocido. Jeremy tampoco sabe cuál es su ubicación en el mapa o cómo ha llegado hasta allí.
Hace dos años pude ver Enterrado (2010), del director español Rodrigo Cortés y protagonizada por Ryan Reynolds. En ella, Reynolds era Paul Conroy, un inocente ciudadano, quien necesitado de dinero, había tomado el trabajo de conductor de camiones en territorio Iraquí, para transportar a los soldados, no involucrándolo esto a él en la batalla. Pese a todo, las cosas habían terminado saliéndole mal y ahora despertaba en un ataúd de madera, quién sabe dónde, con un celular como único recurso.
Viniendo ahora al presente, ayer pude deleitarme con otra propuesta muy parecida, pero para mi gusto, muy superior a nivel argumental. En Brake, Stephen Dorff cuenta con un mayor abanico de herramientas y, si bien su imagen es lo que predomina en la pantalla en el 99% del tiempo, la acción, el suspenso y el drama que se construyen en torno a su figura son tales, que uno carece de tiempo, como para aburrirse.
En principio, la idea es exactamente la misma que en su predecesora. Un tipo que ha sido encerrado en un espacio muy reducido y que trata de escapar, y un lenguaje presentado bajo la única alternativa de mostrar al personaje y a su claustrofóbica prisión, desde todos los ángulos de interés posibles. Algo, ya, nada novedoso, sin pensamos en Enlace Mortal (2002) o en 127 horas (2010). Sin embargo, a diferencia de su antecesora más directa, acá los ritmos resultan mucho mejor logrados y no hay escena que se haga demasiado lenta. Todo hecho que acontece en los alrededores, repercute de alguna manera dentro de la caja, de modo que sepamos que Jeremy, aún desde su encierro, también la sufre por los líos que hay afuera. Incluso cuando se produce un tiroteo, una bala perdida atraviesa el cristal y lo hiere en una pierna.
Uno podría encontrarle cierto parecido, también, con cualquier de las entregas de la popular franquicia de terror El Juego del Miedo (2004), si bien en este caso el uso del reloj nunca llega, tampoco, a estar fuera de lugar. No bien Jeremy despierta, en seguida se percata de la existencia de un contador, ubicado por fuera de los cristales, justo encima de él. Más luego encuentra a un costado (pero, de su lado), una radio con intercomunicador. No le será difícil constatar que, cada vez que la cuenta numérica llegue al cero, significa que algo distinto va a sucederle y que con cada cuenta regresiva, nuevas posibilidades de comunicación se ponen a su alcance. Lo que Jeremy ha de hacer, es dar con una frecuencia que lo ponga con la persona indicada, si es que desea salir con vida. Mientras tanto, tendrá que discernir porqué motivo lo están torturando así.
En un momento Jeremy consigue la respuesta a su mayor interrogante, pero no por eso las cosas dejan de complicarse. Ahora se enfrenta a ciertas trabas que le impiden cumplir con lo que le piden, lo que lleva a que sean aún más los conflictos que debe resolver.
Por último, ya hablando del final, sólo puedo decir que pocas veces he visto algo parecido. Cuando uno se espera que ocurra una cosa y termina sucediendo otra, aún más sorprendente y original, es cuando uno, más se da cuenta, del valor de un buen argumento.

Mi puntaje: 8/10


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viernes, 13 de abril de 2012

"El mal, viste de traje"

Título: Meeting Evil (Conociendo la maldad)
Año: 2012
Género: Crimen, Drama, Thriller
Director: Chris Fisher
Guión: Chris Fisher, Thomas Berger (basado en su novela)
Duración: 89min
Reparto: Luke Wilson, Samuel L. Jackson, Leslie Bibb, Peyton List, Muse Watson, Tracie Thoms
Produc.: Louisiana Entertainment Screen Services - L.E.S.S., Motion Picture Corporation of America (MPCA), Stage 6 Films
   
En Meeting Evil, John (Luke Wilson) es un desanimado hombre de familia, quien, tras llegar a su casa, luego de ser despedido, recibe la visita de un extraño llamado Richie (Samuel L. Jackson), quien, aunque parezca sólo necesitar ayuda con su auto, la verdad es que planea mucho más que eso.
John llega a casa, deprimido y desempleado, con ganas de matar sus penas en un whisky. Apenas ve a su esposa, envía a sus hijos al cuarto, antes de ponerse a discutir. Esta es de esas situaciones donde, frente a un marido impotente y problemas financieros, la mujer es incapaz de sonreírle, en cambio recriminándole su incapacidad para serle funcional a la causa. Hombre y mujer discuten un poco y luego Joanie (Leslie Bibb) sale a pasear con los chicos.
En seguida, John escucha el timbre y abre la puerta. Lo que se encuentra es un individuo de color, trajeado como él, pero de sombrero negro, que le pida una mano con su auto. En John persiste la misma cara de antes y es incapaz de cambiarla por la del buen vecino, aún cuando, ante la insistencia, se decide a ayudarlo. La cosa es fácil. Él debe empujar, mientras el otro tipo trata de encenderlo. John se pone, entonces, tras el auto y empieza a hacer fuerza, pero no mucha, porque él es uno solo. Pese a esto, lo peor viene de Richie, que, quien sabe si estará esperando a que llueva, para tratar de encenderlo. Una niñita que los mira desde cerca ve cómo Richie, de pronto, ha abierto la valija, además de que sostiene un revolver. Richie, quien también se percata de su presencia, decide abortar.
La imagen que Richie muestra a John es la del típico buen ciudadano, educado y discreto, que conoce las leyes y le gusta cumplirlas, que no se mete con nadie y al que no le gusta que lo ofendan. Pero bien pareciera ofenderse fácilmente. Es también la imagen de un hombre que, una vez más insiste, esta vez con invitarlo a una bebida. Eso lo mínimo que puede hacer como agradecimiento.           
Sin entrar en detalles demasiado reveladores, Meeting Evil recuerda a películas como La Huérfana (2009) o Ángel Malvado (1993), ambas sobre personas de falsa cordialidad, que eran en realidad unos demonios, y ambas, también, con finales casi idénticos.
Sin proponérselo, John acaba siendo absorbido por ese mundo de pura demencia, que habita su lunático compañero de viaje, el cual comete atrocidades a diestra y siniestra, sin que su rehén se entera, o pueda hacer algo al respecto. Es la diferencia de personalidades, dos extremos de una misma raya, lo que concede a la película su mayor atractivo, con, por un lado, un padre de familia asustado e inseguro, y que es incapaz de librarse de esa pesadilla; y por el otro, un hombre que no está nada cuerdo, que piensa que el mundo le pertenece y que los seres que lo habitan son sólo juguetes para su uso. Toda esta descripción de caracteres suena muy linda y podría haber sido mejor explotada, si no se hubiera caído en viejas fórmulas.
Samuel L. Jackson nos regala una interpretación muy bien conseguida, como ese tipo de villanos a los que uno no quisiera nunca, encontrarse en una esquina. Sin embargo, no hay uno solo de sus movimientos criminales que no nos sea ya visto. Incluso llega a pronunciar una de esas frases que abundan en los psicópatas, que en este caso dice algo así como: “Dios ya hizo del mundo un lugar maligno y yo lo único que hago es limpiarlo de lo que estorba”. (Pongo con mis palabras el concepto transmitido por el actor en personaje).
También, como en otras mil películas, el supuesto mejor aliado del rehén acaba siendo su segunda complicación. Frank (Muse Watson) es un teniente de policía que se comporta de manera incoherente, y quien, muy terco, culpa a John de una masacre en una estación de servicio, sin molestarse en averiguar si no será él, en realidad, inocente. Algo similar es lo que ocurre entre Joanie y la policía Latisha Rogers (Tracie Thoms), y principalmente por culpa de un director/guionista desacertado. En su propósito por escribir parlamentos inteligentes y no explicativos, ha terminado creando un enfrentamiento innecesario entre ambas mujeres, al no permitir que Joanie aclare exactamente cómo es su matrimonio. Los problemas de comunicación llevan a que Rogers saque conclusiones tan desviadas de lo correcto que dan ganas de pegarle, y que, por ende, consiga que Joanie la insulte merecidamente. Con esto, los conflictos secundarios que vemos resultan muy forzados y sin razón de ser.
También hay un asunto entre John y una sexy ex novia o amante, Tammy (Peyton List), que nunca queda muy claro. Richie lleva este asunto hasta casa de John, exponiéndolo en la cena ante Joanie, momento en el que además se hacen algunas insinuaciones sobre el porqué, realmente, eligió a John para su odisea. Lo malo es que todo esto queda inconcluso, y en donde uno podía pensar que iba a ver alguna revelación o giro, no ocurre nada en absoluto. Únicamente, que veamos aumentar el nivel de tensión y ansiedad, en un matrimonio con problemas, cuando ninguna de las partes sabe ya qué creer sobre la otra.
Al final, la película se cierra sin ningún tipo de novedad, donde la resolución es visible y no, muy prometedor, desde muy temprano.

Mi puntaje: 6/10 


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lunes, 9 de abril de 2012

"Amor criminal"

Título: Double Indemnity (Pacto de Sangre)
Año: 1944
Género: Crimen, Film-Noir, Thriller
Director: Billy Wilder
Guión: Billy Wilder, Raymond Chandler (escrita por), James M. Cain (basada en su novela)
Duración: 107min
Reparto: Fred MacMurray, Barbara Stanwyck, Edward G. Robinson, Porter Hall, Jean Heather, Tom Powers
Produc.: Paramount Pictures
Presup.: $927.262 mil dólares

En Pacto de Sangre, Walter Neff (Fred MacMurray) es un vendedor de seguros que se cruza con Phyllis Dietrichson (Barbara Stanwyck), cuando él iba por su casa a ver a su marido, quien es su cliente. Pronto ambos inician un romance, al tiempo que se unen para matar al Sr. Dietrichson, hacer que parezca un accidente (Tom Powers) y quedarse con el dinero de la póliza.
De vez en cuando me gusta recurrir al viejo cine. Me parece que, si bien el nuevo Hollywood tiene mucho que ofrecernos, el período clásico también tuvo lo suyo y aún lo tiene. Hay historias que, sencillamente, no sufren el paso de los años y Pacto de Sangre de Billy Wilder es una de ellas.
            Wilder dirige aquí una trama que empieza por el final y que es luego contada a modo de un gigantesco flashback. Pero antes de saltar hacia el principio, el propio responsable, sentado tras un escritorio, ya nos está revelando (confesándoselo a una grabadora) cómo ha acabado el asunto. Se trata de un escenario del que aún no sabemos nada, salvo que este hombre es un asesino. Conforme la película vaya avanzando, la imagen de Walter y su grabadora será incluida, de tanto en tanto, en vueltas muy breves al presente, pero que en seguida retoman el pasado.
            Curiosamente, la primera película clásica que recuerdo haber visto pertenecía a la filmografía de este mismo director, en esa ocasión El Crepúsculo de los Dioses, algo posterior (1950). En ella también se partía de un crimen, y también, uno de los involucrados en este era el encargado de contarnos lo acontecido. Salvo que, esa vez, el vínculo entre narrador y transgresión era un tanto diferente.
            Tanto en una como en la otra, Wilder ha sabido demostrar buen dominio del arte narrativo, logrando algo que en principio podría sonar muy obvio, pero que en realidad no lo es para nada. No cualquier posee la capacidad de describir con inteligencia, los hechos que conducen a un asesinato, con el espectador ya, a medias, al tanto del final, y que, pese a eso, uno quiera seguir mirando.
            Pacto de Sangre parte del plan que Phyllis y Walter construyen y, luego, ponen en práctica, con la ilusión (¿ingenua, tal vez?) de haber cometido el crimen perfecto. Y es que un acto de estas características implica muchísimos factores, pero sobre todo tener bien claro el cómo se quiere asesinar, en qué lugar y en qué circunstancias, para salir completamente limpios. Walter es mostrado como un tipo meticuloso y quien tiene todas las de ganar, teniendo como aliada a una mujer que lo ama, lo escucha y lo obedece sin dubitar y con confianza. Este parecería ser un verdadero lujo de oportunidad, con la excepción de que Walter es un vendedor con facilidad de palabras, no un criminal con experiencia. Bastaría entonces, con un único error de cálculos, para que todo lo planeado se viniera a pique.
            En esta incursión de Wilder dentro del género crimen/film-noir, el director trabaja con el hecho de que, aun desde fuera de la película, el espectador es, al final de cuentas, el único testigo absoluto. Además, junto a los propios responsables, uno está también presenciando todo el proceso de investigación, atendiendo a cómo los ejecutivos de la aseguradora Pacific All Risk se esfuerzan por descubrir lo que nosotros ya sabemos.

Mi puntaje: 6/10


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